Abrí el portón donde mis padres guardaban su auto, dentro encontré un tronco, de unos treinta centímetros de largo por veinte de ancho, no le di importancia, pasé a un lado sin que llamara mi atención, en el trayecto olvidé a qué iba al garaje, me senté un instante en un viejo sofá a recordar, al levantar la vista le encontré la forma al tronco, era una cabeza, los trazos burdos la hacían amorfa, pero ahí estaban sus ojos, nariz, boca y cabello, la tomé mis manos, estaba mojada, se me hizo extraño pues hacía días que no llovía y estábamos resguardados bajo un tejado, supuse que sería de los galleros que trabajaban para mi papá, así que la dejé en el suelo y regresé a la casa.
Al día siguiente oí lo que se rumoraba en mi casa, al parecer nos estaban haciendo brujería, la cabeza tallada en el tronco y unos huevos podridos reventados en la puerta lo delataba, las viejitas que vivían en casa advirtieron que no tocáramos la cabeza, que debían deshacerse de ella de una manera especial, antes se realizarían rezos y otros rituales para romper la maldición que nos echaron.
No me preguntaron por la cabeza, así que no comente mi encuentro con ella, esa noche las veladores levantaban las flamas hacia el cielo, las viejitas invitaron a sus conocidas a rezar, las murmuraciones retumbaban en mi habitación, donde me encontraba metido en mi cama bajo las sábanas con miedo, tenía doce años, no sabía qué hacer, suponía que si comentaba la situación donde toqué la cabeza sería reprendido, guardé el secreto; toda la noche las veladores iluminaron la terraza, toda la noche la viejitas rezaron.
Se decía que era alguien que nos envidiaba, historias se murmuraban de boca en boca, como la de la familia Alameda, quien una mañana encontraron un charco de aceite negro en la entrada de su casa, a partir de eso todo se fue por la cañería, el padre de la familia perdió su trabajo en el banco y se volvió alcohólico, la señora dejó al marido por los problemas, los hijos se fueron con la mamá donde pasaron calamidades por la pobreza, nunca pudieron llevar el barco a flote de nuevo.
Nunca dije que tomé la cabeza con mis manos, aquella figura tallada alteró el orden en nuestra casa por varias semanas, pero las viejitas rezaron en contra de aquella brujería por años, quizás lo hicieron hasta los últimos días de su vida, ya que pasé mi adolescencia librando males con buena suerte, luego de sus muertes, seguí sorteando las desgracias, así que supuse que las viejitas me cuidaban aún desde el más allá.