miércoles, 11 de diciembre de 2024

Me robaron mi bicicleta

     Entraron a mi casa, debió ser el martes, suponemos que fue el vecino nuevo, llevábamos años siendo confiados, dejábamos la puerta de la casa abierta por horas, aunque la puerta de entrada no da a la calle, sino a un pasillo, donde más departamentos tienen la entrada, por eso me sentía confiado, pero ahora mi paz fue violentada.

 

       

     Sospechábamos que el vecino vendía drogas, personajes llegaban en su búsqueda, conversaban unos segundos y se alejaban por las noches. Cuando se acercaba el fin de semana se incrementaba el tráfico de personas. No quería ser un prejuicioso, pero a veces es lo mejor, como se dice: “piensa mal y acertarás”

     Debió pasar más de una semana para descubrir el robo, mi bicicleta se hallaba en una habitación que usamos muy poco; al ir al baño  para mi sorpresa no estaba, luego de buscar y preguntar a mi hijo si la había usado se aclaró el misterio, alguien la sustrajo. Todo apuntaba al vecino.

     Al final todas las pesquisas nos llevó al culpable: el vecino, tenía antecedentes, aunado a la venta de drogas, también robaba motos. La descripción del ladrón era exacta y luego de eso, desapareció sin dejar rastros.

     ¿Qué pienso de lo sucedido? No voy a buscar revancha, la bicicleta fue encontrada, pero no sé cómo reaccionaré si veo al ladrón, sobre todo porque imagino cosas, saco conjeturas y si se hubiera atrevido a entrar cuando estuviera mi hijo o hija, hasta dónde hubiera llegado con tal de no ser atrapado o delatado?.

     Escribí esta crónica en el año 2022 y hasta ahora lo venimos a publicar.

 

lunes, 4 de abril de 2022

¡Nos vemos a la salida!

 

  

     La frase “nos vemos a la salida” tenía un significado en los 80s y 90s, quería decir que al acabar las horas de clases, de que estuviéramos fuera de la escuela, chocaríamos en una pelea, un enfrentamiento de varones, uno a uno sin que se metiera alguien más.

     El rumor se regaba de salón en salón, al final de las horas, la escuela estaba dividida en dos bandos, un tumulto de chicos caminaba por las calles en dirección al lugar donde sería la pelea.

 


 

     En mi pueblo, en mi escuela, los combates eran en el cine Toampeca, tenía un jardín abandonado al cual nos colábamos por un orificio hecho en una barda, por la calle pasaban los viejos autobuses que iban a la capital, del otro lado se encontraba la central camionera, así que los gritos de la multitud ávida por ver el combate se confundía con lo cotidiano.

     Nunca peleé en ese “cuadrilátero”, mi casa estaba a unos cuantos metros, así que cada vez que ocurría una confrontación, todos en mi casa se enteraban. Dos veces llegué a los golpes en la secundaria, debí ir lejos, en la tarde, rumbo a la ciudad deportiva, en la primera pelea me dejaron el ojo morado y en la segunda mi muñeca colapsó y se inflamó por lo que el combate terminó.

     La emoción de ser el centro de atención se opaca con el miedo, todos te quieren ver triunfar y a la vez quieren que recibas golpes, como en las carreras de autos, la mayoría está ahí por presenciar accidentes y un porcentaje bajo espera que gane su favorito.

 


 

     El corazón bombea como loco antes de iniciar los golpes, un consejo que recibí de un amigo al cual le encantaba las peleas callejeras de uno a uno, como él decía de varón a varón y criticaba y trataba de cobardes a los montoneros que se jactaban de golpear entre tres o cuatro a uno, me dijo: “Debes de aceptar que recibirás golpes, pero tienes que dar también”

     Después de esas dos peleas no volví a hacerlo, muchos compañeros sí continuaron y los acompañé a sus enfrentamientos y cada vez que lo hacía, mi corazón palpitaba como si fuera yo quien estaba por iniciar el combate, aquello no me gustaba, me dejaba una sensación rara.